Definir en qué momento decidí ser docente, es relativamente fácil: desde que tuve uso de razón.
Para mí la vida de juego y de estudio fue una sola, me gustaba leer y explicar lo que leía a quien se dejaba. Buscaba de manera natural a compañeros que iban rezagados para compartir tareas y puntos de vista, así que mi problema fue en un principio determinar en qué área de conocimiento me iba a ubicar, más que si iba a ser docente o no. Me encantaba la lectura y las matemáticas, así que las alternativas se reducían a su mínima expresión, enseñaba matemática o enseñaba lectura y español.
Curiosamente nunca pensé en estudiar la Normal, siempre me ubiqué en un ámbito universitario, así que pronto estuve en la carrera de Pedagogía que impartía la UNAM. Y el paso a la didáctica de la Lengua y la Literatura española se dio también en forma natural, porque en la carrera estudiamos como parte del programa de estudio Lingüística, Historia y Filosofía.
Al titularme, me invitaron a formar parte de la plantilla docente de la ENEP Acatlán y aunque ya había trabajado para el INEA, el cambio fue profundo, pues de ser profesor de adultos en los primeros niveles educativos, pasé a adultos en el nivel superior académico.
Incursioné en Capacitación industrial y fue hasta 12 años después de haberme titulado de pedagoga que comencé a trabajar con adolescentes.
El trabajo previo me permitió ser consciente de que un profesor de bachillerato no podía centrarse en una sola área del conocimiento sino hacer de su asignatura, sobre todo en el taller de Lectura y Redacción y en Métodos de Investigación una herramienta para las demás áreas y que por lo tanto debía de establecer los enlaces cognitivos “transversales” que pudiera. En un principio fue casi intuitivo, pero se fue haciendo cada vez más sistemático y objetivo.
Debo confesar que me sentía responsable de los fracasos de mis alumnos, hasta que también comprendí que mientras yo hiciera lo mejor posible, era probable que ellos también lo hicieran en reciprocidad, a veces resultó otras no, pero aprendí a no sentir las cosas de manera tan personal.
Como satisfactores he tenido muchos, alumnos que se convierten en excelentes amigos, otros que reconocen que lo que aprendieron les ha servido y muchos de ellos que te recuerdan y te saludan en esos encuentros ocasionales que da la vida.
También han existido fracasos, por la falta de recursos materiales o cognitivos o por no saber como “llegar”, de cada obstáculo ha habido aprendizajes, pero no deja de doler que no pude hacer mucho o no hice lo adecuado.
Ahora sigo pensando que no hay nada mejor que ser profesor, que los adolescentes no son gente que carezca de conocimientos sino que tienen conocimientos nuevos y diferentes y que por lo tanto el proceso de enseñar y aprender no consiste en dos momentos diferentes, sino uno solo en simultaneidad. Somos docentes y al mismo tiempo somos alumnos. De cada uno de nosotros depende que así sea.
Para mí la vida de juego y de estudio fue una sola, me gustaba leer y explicar lo que leía a quien se dejaba. Buscaba de manera natural a compañeros que iban rezagados para compartir tareas y puntos de vista, así que mi problema fue en un principio determinar en qué área de conocimiento me iba a ubicar, más que si iba a ser docente o no. Me encantaba la lectura y las matemáticas, así que las alternativas se reducían a su mínima expresión, enseñaba matemática o enseñaba lectura y español.
Curiosamente nunca pensé en estudiar la Normal, siempre me ubiqué en un ámbito universitario, así que pronto estuve en la carrera de Pedagogía que impartía la UNAM. Y el paso a la didáctica de la Lengua y la Literatura española se dio también en forma natural, porque en la carrera estudiamos como parte del programa de estudio Lingüística, Historia y Filosofía.
Al titularme, me invitaron a formar parte de la plantilla docente de la ENEP Acatlán y aunque ya había trabajado para el INEA, el cambio fue profundo, pues de ser profesor de adultos en los primeros niveles educativos, pasé a adultos en el nivel superior académico.
Incursioné en Capacitación industrial y fue hasta 12 años después de haberme titulado de pedagoga que comencé a trabajar con adolescentes.
El trabajo previo me permitió ser consciente de que un profesor de bachillerato no podía centrarse en una sola área del conocimiento sino hacer de su asignatura, sobre todo en el taller de Lectura y Redacción y en Métodos de Investigación una herramienta para las demás áreas y que por lo tanto debía de establecer los enlaces cognitivos “transversales” que pudiera. En un principio fue casi intuitivo, pero se fue haciendo cada vez más sistemático y objetivo.
Debo confesar que me sentía responsable de los fracasos de mis alumnos, hasta que también comprendí que mientras yo hiciera lo mejor posible, era probable que ellos también lo hicieran en reciprocidad, a veces resultó otras no, pero aprendí a no sentir las cosas de manera tan personal.
Como satisfactores he tenido muchos, alumnos que se convierten en excelentes amigos, otros que reconocen que lo que aprendieron les ha servido y muchos de ellos que te recuerdan y te saludan en esos encuentros ocasionales que da la vida.
También han existido fracasos, por la falta de recursos materiales o cognitivos o por no saber como “llegar”, de cada obstáculo ha habido aprendizajes, pero no deja de doler que no pude hacer mucho o no hice lo adecuado.
Ahora sigo pensando que no hay nada mejor que ser profesor, que los adolescentes no son gente que carezca de conocimientos sino que tienen conocimientos nuevos y diferentes y que por lo tanto el proceso de enseñar y aprender no consiste en dos momentos diferentes, sino uno solo en simultaneidad. Somos docentes y al mismo tiempo somos alumnos. De cada uno de nosotros depende que así sea.
1 comentario:
Malu:
Retomo lo de las competencias en la educación. La concepciones en que se nos plantean, si deberían ir de ida y vuelta, pero en el campo real en la dgeti al menos se puede en algunos casos trabajar con competencias en los talleres, que no concuerdan con lo que los empresario solicitan, pero si con la maquinaria que se cuenta, desde ahí hay un divorcio. Otro aspecto es que el texto habla de las comptencias universitarias que de ninguna manera son lo mismo en nestro entorno.
Saludos.
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